sábado, 17 de mayo de 2014

CAPÍTULO III – LOS FELOS, PERSONAJES SINGULARES DEL CARNAVAL DE FEÁS

CAPÍTULO III – LOS FELOS, PERSONAJES SINGULARES DEL CARNAVAL DE FEÁS

Nota Inicial: este relato lo ubicamos a principios de los años 70 aunque se hará referencia a hechos acaecidos en el pueblo con anterioridad.

A punto de finalizar el invierno y, ante la llegada inmediata de la primavera, las cocinas de Lareira se convertían en esos momentos en los lugares obligados de reuniones sociales. Después de la puesta de sol, de atender la hacienda, y previo o posterior a la cena, la gente se reunía para contar historias. Era la única fuente de entretenimiento y, la buena concurrencia de vecinos en una de ellas, dependía de la calidad e imaginación de los anfitriones y del buen calor que se desprendiera en el ambiente.
Era un cuadro típico encontrar la señora de la casa amasando pan, el señor almacenando cosas en la alacena, los niños obnubilados escuchando las historias de misterio que se contaban y, nunca faltaba, una abuela o tía mayor desgranando el maíz.
La falta de luz, la imaginación perenne de los habitantes y alto grado de sugestión religiosa provocaba la más histriónica representación de hechos y apariciones de seres espirituales. Roque, muy a menudo, no podía conciliar el sueño al recordar con extrema ansiedad y, aumentada por su exceso de imaginación, cada una de las historias que se contaban al calor de la lumbre de aquella hoguera.
Había oído muchas veces que, en algunas ocasiones, se escuchaban arrastrar cadenas por las noches y era algún penado que, después de muerto, estaba llamando la atención para que se le tuviera una misa y poder salir del limbo del olvido en el que se encontraba su alma.
Pobre Roque, cada noche si escuchaba los pasos desde la ventana de su habitación, no podía distinguir, por la arritmia provocada, si eran cadenas o el sonido de los clavos de los zuecos al rozar con los cantazos de la calle. Es lo que tiene tu propia sugestión.
En otras ocasiones las conversaciones derivaban en contar historias que todos sabían que eran inventadas pero, con un grado de humor, que provocaba momentos de divertimento para los asistentes.
Eran muy común, a estas alturas del invierno, acudir a diferentes lareiras entre vecinos. Los chorizos y jamones, al igual que el resto de la matanza, ya estaban curados y no era necesario hacer fuego y controlar su llama y exceso de humo a diario. Los chorizos se envasaban en latas de aceite de cinco litros y se entremezclaban con manteca de cerdo. Por su parte, la carne, pedianteiros y jamones se colgaban en un sitio oscuro de las bodegas, resguardados de la luz solar y de la picada del mosquito, denominado salgadoiro. En la zona inferior se salaban y, una vez curados, se retiraba la sal en sacos y quedaba una barra con diversos ganchos para colgar la carne.
Los jamones, la mayor parte de las veces y en la mayoría de los casos, era, su venta, el ingreso que se disponía para comprar los cerdos de la campaña siguiente. Venían por los pueblos unos tratantes de jamones para catarlos y valorar su precio. Era muy famoso uno conocido como Carlos de Almuzara. Traía una pita oxidada y, al introducirla en el jamón, si el vecino no era precavido le hacía creer que el jamón estaba podrido y le paga una miseria por el mismo. Eso demuestra que en Tormes había lazarillos, pero en nuestra tierra había embusteros.
Regresando las conversaciones alrededor de la lumbre, uno de los temas estrellas de esas reuniones palaciegas eran las Ruadas. Era un tema recurrente. Los mayores de la casa lo recordaban como su fuente de distracción y entretenimiento de su juventud. Hablamos de unos 25 a 30 años antes.
En aquella época la mayoría de las casas eran de una planta baja, arriba y el  tejado o superior. La planta inferior era donde se encontraban las cuadras de vacas, cerdos y otros animales. Igualmente, se encontraba la bodega y la zona de la alacena. La parte superior era la vivienda. Donde estaba la cocina, sala y las habitaciones. En la zona superior o tejado se utilizaba para almacenar grano, hierba para los animales y leña para la hoguera, amén de los aperos de labranza.
La juventud, después de cenar, acudían a una casa en el centro del pueblo muy cerca del Petouto de Arriba cuya propietaria todos la conocían como la Tía Margarita. Disponía de una amplia sala donde acudían mozos y mozas a pasar un rato de entretenimiento. Mayormente, acudían con unas panderetas y otros utensilios que generaban, más que música, ruido. Tales como pequeñas cajas o latas. Mientras unos tocaban, las mejores voces cantaban, el resto se dedicaban a bailar.
Roque se quedaba embobado escuchando esas historias de sus padres y vecinos. No todas las funciones de las Ruadas acababan de forma correcta. La rivalidad entre mozos del pueblo, la pretensión de los cabecillas por algunas mozas y la diversidad de pareceres, en lo referente a la realización de la misma, terminó en alguna que otra contienda poco agradable.
Roque se preguntaba por qué no iban a la Sala de Fiestas de la Besada. Uno de sus vecinos, al que se le conocía como el Tío Antonio, le comentó que el local de los Fanchós era algo reciente. Comenzaron a realizarse fiestas en la zona inferior, al lado de la tienda de ultramarinos, los días de feria desde el año 57 o 58 en adelante. Es decir, poco menos de 15 años.
En ese momento pasaba el Señor Florentino por allí y entró. Saludó y le comentaron lo que le estaban explicando a Roque y él quiso instruirlo en los hechos acaecidos relacionados con el tema. Le dijo que, en algunas ocasiones, se acudía a las ruadas con instrumentos musicales: gaitas, bombos, cajas, clarinetes, entre otros. Le recordó que la parroquia de Feás había tenido, simultáneamente, dos bandas de música y que existió gran rivalidad entre ellas. Pero que se hacía tarde y, en otra ocasión, le daría más detalles y anécdotas al respecto.
Antes de irse les dijo que la Ruada no era exclusiva de Feás. En Becoña también había; algunos mozos de nuestro pueblo iban a ellas. Era muy famosa una que se hacía en casa de la señora Jesusa y que se tocaba, además de las panderetas, con el acordeón. El músico era Ramón da Pía.  En todas partes, generalmente, empezaban a las nueve de la noche y acababan a las once y media.
Esta noche Roque iba más tranquilo a dormir. No le habían contado historias de espíritus y muertos. Eran historias de sus gentes en tiempos no muy lejanos. Al salir de la cocina de lareira miró un calendario grande colgado en la puerta. Todas las casas tenían uno. Normalmente, con nombres de empresas o negocios de familiares en el exterior. Los había con nombres de mueblerías de México o Panamá; Panaderías de Venezuela; Bares, Tintorerías y otros negocios de Carballino y de otras zonas de España.
Observó  que, en dos semanas, estaba marcado un día. Descubrió que era miércoles de ceniza. Ahí se fue pensando a la cama que venían unos días de fiesta y alegría: los carnavales. Los tres días antes de la fecha que vio señalada. Mañana, con seguridad, se hablaría de los días de desenfreno que se acercaban.
El día siguiente fue un día normal. Levantarse temprano para ir a la escuela. En la tarde ayudar en la faena de atención de los animales. Ese día le correspondió ir al Pajar, que tenía su familia por el medio del pueblo, por hierba curada para las vacas. Luego, coger un par de cubos y buscar agua en la fuente de la Laxa. Hizo varios viajes. Era un espectáculo el ir y venir de cubos y baldos desde las diferentes fuentes.
Por la noche, al calor de la hoguera, Roque trajo a colación el tema del carnaval. No quería temas que le desvelaran. Recordó que, en dos semanas, era domingo de Entroido. Era un tema suculento para los asistentes. Las mayores les gustaba recordar lo del pasado y los niños tomar ideas para el futuro.
Estaba una de las costureras del pueblo que había venido a tomar la medida para hacer una falda para la madre de Roque. Y le empezó a contar a Roque todo el proceso de elaboración del traje del felo y la forma como se trataba de guardar el anonimato del personaje que lo portaba.
Cuando era ella moza, paseando por la carretera principal, muy cerca do bar do Fanchón, hablaba en secreto con su pretendiente sobre la preparación del traje de felo sin que descubrieran que era él. Si lo veían ir por su casa comenzarían las habladurías y eso no era bueno para ella. Entonces, junto con otra amiga, quedaron de ir a casa de un familiar que no reveló y, supuestamente, el mozo venía por allí. Junto con una amiga le tomaron las medidas y comenzaron la elaboración del mismo. Recolectaron en la casa de la costurera en la que aprendían la profesión diversos retales vistosos, pedazos de sábanas y colchas. Comenzaron a realizar la parte superior y, el pantalón, también lo hicieron muy llamativo.
Pasados unos días, el mozo pasó nuevamente para probarse lo realizado. Las prácticas de costura se iban notando. El muchacho parecía un pincel.  Decidieron que como capa llevaría una colcha que la dueña de la casa le prestaría.
Había que hacer pequeños retoques y faltaba, obviamente, realizar el gorro y que el mozo comprara una máscara. Para ello, al día siguiente, tomaría la Montañesa y se iría a comprar una carauta y cintas de colores para colgar del gorro y que le darían esa vistosidad.
Para realizar el gorro se tomaba un calendario de aquellos grandes, se le desprendía la zona de los meses y se utilizaba la parte de la publicidad y la barra de metal que tenía para colgar para, una vez enrollado, que tuviera la consistencia y, en caso de ventisca, no se deshiciera.
El felo no estaba completo sin dos atuendos más: las chocas y la vara.
Roque le tenía intrigado las anécdotas sobre la vara. Que si era de carballo, si era de mimosa, si era de sobreira, de olivo ou de salgeiro. O que si era recta, se limpiaba con un fouciño. En la punta se cortaba en cuatro para colocarles unas plantas verdes. La finalidad era que, si alguien se acercaba al felo para desenmascararlo o maltratarlo, utilizaría la misma con toda la virulencia y, según la tradición, eso estaba permitido. Por ello los niños corrían delante de los felos para evitar llevar una tunda. El pobre Roque se fue a dormir pensando que tenía que correr, si el felo se acercaba, para evitar ser sorprendido y recibir una paliza con semejante instrumento de madera.
Lo que más le llamaba la atención a nuestro amigo era el sonido de las chocas cuando colgaban del cuello de las vacas o bueyes. Por eso, un felo corriendo y moviendo el torso, haría mucho ruido y sería un sonido acompasado y espectacular.
Unos días antes de la semana de carnaval hubo un cabo de año en el pueblo. Y, como era costumbre, venía gente de toda la parroquia y pueblos vecinos. Después de la ceremonia religiosa era perceptivo para los hombres parar en el bar de Muradás. En la parte exterior del mismo estaba gente conversando. Nuestro amigo Roque bajaba de los tombelos con un amigo que le denominaban Piqueiro y que vivía en el Petouto de Abajo. Ambos se quedaron embobados escuchando los relatos que expresaban el señor Ganvela, el Señor Claudio y el señor Alfredo. Hablaban de los carnavales del pasado. De la alegría que se generaba con los famosos entremeses que escribía el maestro Don Segismundo y el Señor Carballeda. Tradición que se estaba perdiendo y que los felos también desaparecerían.
Uno de ellos dijo que este año, sabía de buena fuente, que había varios preparados y que, incluso, le habían pedido que le prestara una coroza. Pero que o señor Ganvela sólo tenía la parte del cuerpo y le faltaba el gorro, cosa que el de Borraxas dijo que tenía uno en el pajar y, el tercero, dijo que él tenía unas polainas viejas pero que eran presentables. Roque y su amigo no sabían de qué estaban hablando y preguntaron qué era eso de la coroza. Le explicaron que, antiguamente, para resguardarse de la lluvia se hacían vestimentas de juntos que permitían trabajar en esas circunstancias. El pueblo, especialmente en la zona de la Lagoa, siempre hubo abundancia de los juncos. Se cortaban y eran fácilmente manipulables tanto para trenzas como para uniones. Eso permitía elaborar el caparazón de la coroza. En carnaval, con una máscara, hacía más complicado descubrir que personaje iba debajo de la misma.
Roque, al ver la predisposición de los personajes, también le preguntaron qué otras cosas hacían en carnaval. Ellos le contaron que, el domingo por la mañana, era tradicional visitar Becoña y otros pueblos cercanos. Especialmente, las casas de mujeres casaderas. Se respetaba, con sigilo total, aquellas casas en etapa de duelo; bien por la muerte reciente o bien por la persona que lo habitaba.
Al tocar a la puerta, la gente les recibía y solía darle huevos, chorizos o dinero. Aunque esto último era un bien muy escaso en aquellos tiempos. El felo, siempre iban varios juntos, recorrían los diversos pueblos. Estos se visitaban por la mañana. Para evitar problemas, iban a la primera misa y ponían rumbo al pueblo en cuestión. En los tres días solían visitar Becoña, Borrajas, Vilachá y otros del entorno.

Después de una pequeña pausa, uno de los contertulios comenzó a disertar sobre unos carnavales acaecidos no muchos años antes. Explicaba que, en esa ocasión, los tiempos eran un poco diferentes a los que se habían comentado y tremendamente opuestos a los previstos para este año. Los felos o maragatos, como se refirió a ellos, recorrían el pueblo por la mañana, mientras que por la tarde había una pequeña fiesta en el Petouto. Esto acaecía los tres días que duraba el entroido.  En alguna ocasión se interrumpía la fiesta por la aparición de unos sujetos que venían cantando unos versos. Estos no eran más sátiras sobre situaciones que estaban aconteciendo en el pueblo: relaciones personales, embarazos desconocidos, problemas vecinales, entre otros. Estos se denominaban chascarrillos o entremeses.
Roque ya había escuchado días antes los autores de estas pequeñas obras teatrales pero, los actuales narradores, agregaron a la lista  otros nombres. El narrador comentaba que, los que más le habían gustado a él, no sólo por la gracia de sus letras, la interpretación de los mozos que la llevaron a cabo y, especialmente, por la puesta en escena en el Petouto de Arriba. Llevaron una pareja de vacas y un arado para simular la sementeira y ahí vociferar todas las novedades recientes del pueblo. Los autores de dichos versos, con mucha rima y sorna, habían sido el Señor José Antonio de las Costiñas (conocido como el As), el Peretes y el Calderillas.

Todos ellos, al escuchar la narración de los hechos, asentían con la cabeza y, nuestro amigo Roque, les notó una nostalgia y una morriña por todo aquello que había formado parte de sus vivencias y que, por su expresividad, parecía como si el tiempo, el momento y las circunstancias hubieran sepultado tan bellos instantes.

Como ya oscurecía, uno de los reunidos dijo a los chiquillos que había que irse para que no los regañaran y, el señor que no era del pueblo, dijo que se iba antes que cayeran las sombras de todo que todavía tenía que parar en la Telleira y atender la hacienda.
Roque y su amigo, a medida que iban a sus casas, iban pensando que pasaría el domingo. Verían algo que no habían visto y que nadie nunca les había contado. Al llegar a la lareira preguntaron a los presentes por la vestimenta de juncos y la gente se echó a reír. Alguien dijo que de eso ya nada quedaba. Roque sabía que sí y que, seguramente, el domingo lo descubriría.
El domingo de entroido no tenía, en general, una connotación diferente. Había las dos misas de rigor como ya se ha dicho. Roque, al igual que el resto de la gente de su edad, fue a la misa de los nugallans. Era la del mediodía, mientras que las mujeres y los hombres que tenían que atender la hacienda iban a la de las nueve y media. Al salir de la misma escuchó que seis felos los habían visto pasar hacia Becoña. Ello significaba que esta tarde darían el recorrido por el pueblo. Estaba ansioso por el multicolor de los mismos y comprobar si su amigo, que vivía en el Petouto, no le tendría miedo a las máscaras y personajes.
Los comentarios, en la plaza frente a la iglesia, era el relato de la gente de donde habían visto pasar los felos. Las conjeturas eran por adivinar quiénes eran. Si uno había pasado por el Petouto, podría ser de la Cruz; si otro lo vieron por las Costiñas, sería de la Besada o de otras zonas próximas y que, al menos, dos eran o del Curro o Puzós porque los observaron caminar por aquella zona. El número más repetido era el seis.
Roque se fue a casa. Hoy tocaba un cocido con un poco de cachucha que les quedaba, los chorizos de rigor y un poco de carne fresca. Se le denominaba así a la carne de ternera que se adquiría para circunstancias especiales. Y no nos podemos olvidar de las tostadas, hechas con pan, rebozado en huevo y frito.

Al terminar de comer y, antes de irse por el pueblo rumbo al campo de la feria, fue a la Laxa a buscar tres calderos de agua. De esta forma su madre podría realizar las tareas pertinentes. También le recordaron que regresara antes de anochecer para llevar las vacas al abrevadero de la Laxa.
Cuando iba a salir de la casa escuchó que un felo andaba por la Congostra. No se lo pensó dos veces. Gritó a sus amigos y se reunieron cuatro más. Fueron por Calderón y, efectivamente, bajando del Petouto a la Congostra se encontraron con un felo.
Era una persona alta y se veía fuerte. Roque observó que el sombrero del felo era un calendario era de Mueblería la Brillantina de Panamá. Era una imagen como un puente o algo de mar. Tenía muchas cintas de colores anexionadas al calendario en la parte superior con imperdibles y cinta adhesiva. Igualmente, en la zona superior del mismo, había una especie de flores. Roque no quería acercarse mucho para observar dicho ramo por miedo a la vara grande y gruesa que portaba el felo. Todo parecían papeles de colores montados  y agrupados sobre un tapete de cocina.
La máscara era de colores vistosos. Aunque el predominante era el amarillo. Si le miraba fijamente nuestro personaje emitía respeto. Por otra parte, observó que estaba muy bien protegido del frío. Tenía una colcha de colores por encima, abajo se veía otro tipo de harapos. Combinados de forma muy vistosa. Aunque no llovía corría una brisa fresca propia de algunos días de principio de primavera.
Lo que llamaba la atención era la vestimenta que cubría las piernas. Por encima parecía una media falda realizada con alguna manta vieja o cobertor y las telas que llevaba cosidas, unas sobre otras, y que hacían la apariencia de un pantalón multicolor.
Cuanto más embobado estaban nuestros amigos observando el personaje, escucharon el ruido de los cencerros de forma alarmante. Al levantar la mirada observó como el felo venía corriendo hacia él con la vara levantada de forma amenazante. No sólo escuchaba el sonido característico de ese instrumento que colgaba del cuello de los bovinos, sino que escuchaba el pisar fuerte de los zuecos contra el suelo. Cuando dejó de sentirlo cerca, dio la vuelta y observó que el felo quedaba lejos y cayó en la cuenta que el sonido producido por los zuecos se debía a que estaban protegidos con una suela de metal brillante y clavos. Al pisar contra las piedras del camino impresionaba al escuchante.
Comentó con sus compañeros de viaje que, este felo venía con ganas de pegarles, había que estar atentos en la tarde. Muchos felos abusaban ese día del poder que daba la vara y el personaje que encarnaban.  Decidieron seguirlo de lejos. Fue cuando descubrieron que el felo bajaba hasta el Porto Cardieiro y, bajando por el camino pegado al riachuelo, se dirigía hacia el sitio del Puntillón.
Cuando estaban llegando ellos a la altura de la casa del Tío Mineiro vieron que, en la carretera principal, había mucho revuelo y observaron que había otros felos por allí. Se quedaron a observar y vieron que el que les había amenazado a ellos llegaba a la altura de los otros.
Se dirigieron al Campo de la Feria y había el revuelo de un domingo cualquiera. En medio de los robles estaban pidiendo para hacer el partido de fútbol la gente más menuda. El concepto de pedir era que se reunían todos los que querían jugar y dos se dedicaban a escoger, de uno en uno, a elementos para componer su equipo. A medida que se fueran agregando más se seguía con el mismo proceso.
En la parte superior, conocido como el campo de fútbol, ya estaban los mozos preparados para su tradicional partido de los domingos. Se hacían dos equipos y apostaban entre ellos que, el equipo que perdía, le pagaba la bebida al otro. Para ello siempre había un niño que se encargaba de ir al Bar de la Besada y traía una caja con cervezas y coca-colas. Antes de empezar el juego se dedicaba a contar lo qué cada jugador quería. Y, como premio, traería una bebida más para él. Hoy le tocaba a Roque y se iba a tomar una coca-cola a cuenta del equipo que perdiera. Es decir, cada jugador del equipo perdedor pagaba su bebida y la del otro y una propinita que era con la que se pagaba la bebida extra del que las buscaba.
Obviamente, faltaban algunos mozos en el campo. Roque, que admiraba la forma de jugar de un mozo y que no se perdía juego, observó que no estaba. Uno de los mozos ya sabía quién era y era del Curro.  Pero no hizo ningún comentario a sus amigos. Seguramente ellos habrían notado la falta de otros y tampoco le habían comentado nada.
Se iba a por la bebida, junto a otro compañero, y decidieron dar la vuelta por la Besada y no utilizar ninguno de los atajos que daban al bar. Uno, por precaución, y otra, porque el día anterior había llovido y, al comienzo de la primavera, la hierba ya está húmeda y te moja la zona inferior de tu cuerpo.
Se detuvieron antes de entrar al bar para recoger la bebida porque andaban los felos haciendo de las suyas con las mozas que paseaban por la carretera. Esperaron que se dirigieran hacia donde estaba la Caja de Ahorros, pidieron la bebida y tomaron el atajo que daba al campo. Ya no les importaba mojarse. Pero estos felos estaban repartiendo algún porrazo que otro.
Entregaron la bebida en el campo. Tomaron su bebida refrescante. Eso le dio una sensación de placer. Juntó el dinero que les dieron y retornaron al bar a entregar el importe. En ese instante los felos llegaban al campo de la feria. Ellos corrieron. Hicieron la tarea cometida y regresaron.
Cuando regresan se encuentran con lo que le habían escuchado a los señores unos días antes. Un felo diferente a todos. Cubierto con una vestimenta especial. Ese era más agresivo que los otros. En la punta de la vara tenía algo que, desde la distancia no podían precisar, pero que podrían ser tojos o cualquier otro arbusto revirado de los que existían en los montes de alrededores.
Recordó que esa vestimenta se le llamaba coroza. Estaba hecha de juncos. La verdad es que parecía el personaje que Roque se había ideado cada vez que, cuando era más pequeño, le hablaban del hombre de la sangre. Tenía un carapucha que sobresalía y que protegería de la lluvia. Visto de cerca parecía un paraguas colocado en la cabeza.
Al igual que los felos llevaba máscara. Aunque como había escuchado Roque días antes, hace años era común que la gente del pueblo tuviera uno para resguardarse de la lluvia cuando tenían que hacer labores agrícolas o ganaderas.
Lo más llamativo era la zona del cuerpo. Se asemejaba a un árbol pequeño recubierto de juncos trenzados y lineales. Ese hecho hacía parecer al que lo portaba como un tonel o una pipa de vino metido en medio del cuerpo. Luego observó que el calzado era una especie de botines altos. Constaba de una zona inferior parecido a una bota y una zona de cuero que llegaba a la rodilla. Muy parecido a lo que Roque veía en esos cómics de vaqueros que, alguna ocasión, habían visto.
Este personaje tenía un caminar más pausado. Un niño se acercó para tirarle de una zona del cuerpo de juncos y, al darse cuenta, le soltó un golpe con la vara que se fue cabizbajo y lloroso. La vara de este personaje era una rama de alcornoque muy limpia. La señora Dolores que vio la escena le recriminó el hecho. El personaje asintió y juntó las manos en señal de arrepentimiento.
Los felos, todos juntos, se dirigieron hacia el campo de fútbol y empezaron a corretear a todos los que estaban viendo el partido. Especialmente a las mozas. La gente empezó a dejar esa zona y se fueron hacia el Bar de la Besada. Por la carretera había parejas caminando como era costumbre cuando un joven cortejaba a una dama.
Los felos perseguían a la gente con todo el sonido de las chocas y saltaban muros para amedrentarlos. Alguno que otro se llevó algún que otro golpe de una piedra. Ellos pegaban pero muchos contestaban con un lanzamiento cruzado y que podría acabar en tragedia. Eran los excesos del carnaval.
Algunos de los felos sus vestimentas y sus arreglos se los habían hecho las mujeres a las que les hablaban. Se decía así cuando eran novios pero sin formalidad.
Roque y sus compañeros empezaron a distinguir, por las mozas que estaban al lado de cada felo, quiénes podrían ser los personajes. Al final de la tarde casi todos habían descubierto sus identidades. Cuando ello ocurría, se levantaban la máscara porque producía mucha calor, continuaban conversando con el grupo. Otros, los fumadores, eran descubiertos en alguna ocasión porque la máscara tenía el orificio de la boca cerrado y querían fumar.
Caía la noche y la gente empezaba a retirarse. El grupo de amigos se despidieron e iban para casa. Al día siguiente había clase, pero el martes volvía ser libre y, nuevamente, los felos harían su recorrido.
Subiendo por las costiñas hacia el Alcouce, Roque se despidió de su amigo Piqueiro que vivía en casa de su abuela Rosa y de su Tía Celsa. Conocidas como As Porteiras. Recordó que, no hace muchos años, su amigo le regalaron un máscara y, después de ponerla, se fue a la sala comedor de su casa donde tenían un chinero con un espejo y, al verse reflejado en él, se asustó y salió corriendo llorando. No le dijo a su amigo lo que estaba recordando. Sólo le esbozó una sonrisa y se despidió.
Lo primero que hizo al llegar a su casa fue ir por un par de caldeiros y dirigirse, nuevamente, a la Fonte de la Laxa para traer agua a su madre para los quehaceres del hogar. Después visitó la cocina de Lareira y comentó con los presentes las vestimentas y las brutalidades que los felos habían hecho en la jornada.
Roque le dijo a su abuela que si le ayudaba a disfrazarse para el martes y ella le dijo que sí. Al día siguiente se puso manos a la obra. Era un secreto entre abuela y nieto. Ella  se ausentó del lugar habitual y, buscó en un baúl viejo que tenía en una zona de la casa, ropa guardada que hacía tiempo que no se usaba. Igualmente encontró una sábana rota, la recortó. Con diferentes retales e imaginación fue combinando telas para, en una tarde, hacerle una vestimenta.
En el pajar recordó que tenía un calendario. Estaba un poco dañado, pero con un poco de pegamento y unas telitas lo arreglaría. No tenían para comprar cintas de esas de papel. Recortó diversas telas en formas de cintas largas y se las cosió al calendario enrollado. Pidió a una señora unas pinturas y, recortando un cartón de los que traían diversas frutas al Bar del Pueblo, hizo una máscara. La pintaron y les quedó muy bonita.
El lunes por la tarde le probó todo lo que había realizado. Su abuela era una gran costurera y tenía mucha imaginación. Luego tomó una de las varas utilizadas para controlar el ganado y, con un cuchillo, la limpió de toda suciedad y quedó reluciente. Roque le dijo si podía, con el cuchillo, realizar unas incrustaciones de símbolos y le puso unos tojos clavados en la punta.
El martes sería el gran día. Roque sería un felo. Lo que su abuela le recordó es que no tenía tamaño para hacer gamberradas. Que paseara con la vestimenta sin meterse con nadie y que disfrutara de ser un felo más de Feás.
Así fue. Nuestro personaje disfrutó enormemente de su momento. Algunos grandes se quisieron meter con él para dañarle sus vestimentas, pero él era muy ágil y corría y saltaba muros más que nadie. Salió indemne de los envites.
Cuando iba por la carretera principal escuchó música de gaitas. Unos cuantos se habían juntado y estaban animando el desfile de los felos de ese martes de entroido.  Nuestro amigo no sabía si ir hacia allí o, para evitar que le dañaran su vestimenta, recorrer el pueblo por otra parte.
Uno de los felos, se dio cuenta de verlo dubitativo en seguir o retroceder, el cual ya conocía su identidad, le dijo que se pusiera a su lado y que nadie se iba a meter con él. Así lo hizo. Roque se sentía un mozo. Era muy emocionante para él lo que su abuela había hecho para alcanzar una ilusión: Ser un felo más de Feás.
Los felos se pusieron a bailar al son de la música. El grupito mucha entonación no tenían y, el de la gaita que era de la cruz, le sonaba más el ronco que el puntero. Lo importante no era la calidad sino la alegría y el jolgorio.
Esa noche, en su habitación, recordó todos los momentos vividos y estaba lleno de felicidad. Recordó el beso que le dio a su abuela al regresar a casa por lo bello que lo había decorado. Era pobre pero lleno de vida y felicidad.


Nota Final: Muchos de los aspectos de este capítulo han sido aportados por diversas personas repartidas por todo el mundo. Les quiero dar las gracias a todos por vuestras aportaciones. Hay aspectos que nunca presencié en mi niñez como el de las corozas. En estudios etnográficos de la Universidad de Vigo dan por hecho que el pueblo de Feás contaba en el pasado con ese tipo de atuendo y, aunque en la época en la que se enmarca esta historia no se presenciaron, era importante reflejarlo para que quede constancia algunas vestimentas y tradiciones de nuestro pueblo que muchos no conocíamos.

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