Pensemos que Roque es un niño de unos 12 años y nos encontramos
a mediados de los años 70.
Este año fue un invierno frío, nevado y con mucho aire.
Algunas tejas volaron por los aires y algunos tejados hubo que rehacerlos. Es lo
que tiene este tiempo.
Si bajamos del Petouto hasta las Costiñas no sólo brillan
los charcos helados que hay entre las piedras, sino brillan éstas de la helada
que las cubre.
A media tarde, mientras tocan las campanas para la misa
diaria, Roque y el resto del grupo se van a los Tombelos. En medio de los
hórreos se juegan los mejores partidos. Los chavales grandes tiene balón, los
pequeños jugaban con botellas de lejía detrás del palleiro restaurado con
uralita en lugar de lousas y con bloques en lugar de piedras.
Se hace noche muy pronto. Y eso que siempre se dice que
después de navidad aumentan los días. En
esos días previos a final de año hay que planificar la primera actividad
productiva para la niñez y, por supuesto, para la juventud de mi pueblo. Hay
que ensayar los cánticos para la noche del cinco de enero. Los villancicos que
se han escuchado en la casa o aquellos que nos enseñaron en la escuela. Son los mismos siempre.
La noche del cinco, niños y mozos, van casa por casa
cantando sus villancicos y los vecinos les dan un pequeño aguinaldo. Los
pequeños en forma de dinero y algún que otro dulce o caramelo. Los mozos y
mozas recolectan dinero y viandas para hacer una celebración detrás de la
cuesta todos juntos el día de Reyes al mediodía. Unos y otros planifican el
antes, el día y la fiesta. Esas reuniones son comentadas como añoranzas del
pasado. Nuestro amigo Roque nunca asistió a ninguna porque, cuando ya iba a
tener edad para entrar en el club de los mozos, la emigración llamó a su casa.
Volviendo a aquellos tiempos, Roque empieza a pensar en la
composición de su grupo. Piensa que el grupo no puede ser muy grande. Si son
muchos, las pesetas recolectadas hay que dividirlas. Un grupo de
tres es ideal. En el grupo siempre hay que meter a alguien que tenga familiares
emigrantes y que estén pasando las navidades en el pueblo. Esos dan más. En
este mundo pedigüeño cada detalle es importante. Roque, por las penurias que le
habían tocado vivir, esos instintos los tenía desarrollados.
Llegada la noche previa al día de reyes, había que pensar el
itinerario a realizar. Había casas en las que sólo estaba una viuda y se podía
acostar temprano y era un sitio menos donde no se cantaba y un dinerito que no
se recolectaba. A primera hora de la tarde, después de ayudar en las tareas
propias de cada casa, el grupo se reunía y se practicaban los cantos y se
diseñaba la ruta.
Este año Roque, junto con Manolito y Pepiño, pensaron que
era mejor empezar temprano por el Curro. Esta gente se acuesta antes. Primero
fueron a la casa de la Sra. Otilia y su marido. Este año estaban solos. La
primera vez fue bastante desastrosa la interpretación. El grupo desentonaba
bastante. Los señores sonrieron. Les dieron las pesetas de rigor y dándoles las
buenas noches se fueron a la siguiente parada.
Era la casa del Tarabelo. Estaba la Sra. Aurora preparando
unas filloas para el Sr. Ramón encima de la artesa. Le cantaron los dos de rigor.
Primero siempre se cantaba un villancico más largo y, como punto final, uno muy
popular y corto. La Señora Aurora no oía bien y, en el último canto, creyeron
que ni les había escuchado.
Salimos de la cocina y vimos a la señora Pura, llamada la
del Bispo, bajando la casa anterior y le preguntamos si querían que le
cantáramos los reyes. No contestó. Recordó Roque que ella no oía bien. Otros
años sí que le habían cantado. Decidieron seguir el camino.
Caminamos por la cuesta del curro. Ese camino los llevaría a
la mina y al lavadero. Después de moverse unos metros, pararon en la casa de
unas señoras que todo el mundo apodaba las chintas. Vivían tres hermanas. Una
en una pequeña casa que daba a la cuesta y, las otras dos, del otro lado. En
ambos casos, tocaron a la puerta y repitieron la operación del canto y la
recolecta.
Enfrente estaba una casa nueva, la del Sr. Constantino, pero
no estaban. Vivían en Venezuela. Esas eran las casas para cantar, siempre se
obtenía de la gente que emigraba algo más de perrillas.
Vieron al Sr. Gabilleiro subiendo a su casa y subieron con él. Los quería invitar a un vaso de vino.
No bebieron. Y así siguieron a casa del herrero y a casa del Cartero. La gente,
en general, dentro de lo que disponían,
daban. Obviamente, si uno de los cantores era familiar, la cuota aumentaba.
Pasaron por la casa del Farruco y estaba todo apagado.
Seguro que había ido a casa de alguna hija. En ese instante y, justo antes de
ir a la casa de la Sra. Palmira, comenzaron a caer copos de nieve. También entraron a la casa de la Sra.
Graciana. Les comentó que uno de sus hijos andaba cantando con los mozos. Bajaron
y se dirigieron a la casa de Estrella. Les ofrecieron algo de comer pero,
agradecidos, le comentaron que se tenían que ir. Se hacía muy de noche. Ya sólo
les faltaba la casa de la Sra. Carolina. Sus nietos andaban cantando por el
pueblo. Salieron contentos de allí. Tuvieron que esperar que parara un poco y
les prestó un paraguas.
Al retornar por la carretera que va a Puzós, en la curva del
Curro que hace chaflán con la que lleva a la Laxa, frente al prado de los
manzanales, se encontraron con otros grupos que ya venían de Puzós y comentaban
como iban los ingresos este año. Muchos tenían tres y contaban tres cientos y
otros todo lo contrario. Es la imaginación propia de dicha edad.
Caminando por la carretera rumbo a Puzós, se escuchaba a la
Sra. Concha gritando a los animales para que se metieran dentro de la cuadra y
servirle la comida. Al llegar a la altura de su casa, estaba el Sr. Emilio y
varios pequeños. Era la familia más numerosa de la generación de Roque.
Repitieron el protocolo del villancico y se fueron a la casa de enfrente.
Estaba José y Rosa. Se rieron con un
chiste que les contó.
La próxima parada era en la Lomba Rapada. La casa de Víctor.
Otra chubascada y tuvieron que esperar debajo del balcón un rato. Una vez que
escampó pusieron ruta hacia su próximo destino. El barrio de Puzós es el que da
la bienvenida a nuestro pueblo entrando para la carretera de Brués-Beariz.
Había varias casas cerradas. Algunos estaban emigrados y
otros no vivían en el pueblo. Pararon, primero, en la casa de la Sra. Juanita.
Le cantaron en la pequeña tienda que tenía. Era muy famoso el aceite y el
pimentón que vendía. En esa tienda llevaban todos los días la leche ordeñada de
las vacas de cada casa y ella era la encargada de testarla e introducirla en
recipientes para que la Montañesa la llevara al día siguiente.
Enfrente estaba el horno de puzós. Estaba el señor Severino amasando y allí mismo le cantamos. Su señora nos dio unos
consejos para salvaguardarnos de las inclemencias del tiempo. Este horno se
dedicaba a hacer unas barras de pan que sabían muy bien.
Para Roque la siguiente casa le daba respeto. Era la
carpintería de Isaac. No por el dueño ni por su familia, sino que de allí
salían las cajas de los muertos. Subieron al piso superior y, terminada la
actuación, cambiaron de acera. Este año estaba la señora Ramona
que normalmente vivía en Méjico. También
les atendió. El resto de las casas estaban vacías.
Ahora, mientras caminaban por las Ermas, tenían que decidir
si ir por la Laxa-Antasportas o ir hacia la Besada. Decidieron la primera
opción. Cantarían en las Costiñas y harían la ruta del pueblo encaminando sus
pasos por el camino de las Castiñeiras.
La primera casa a la que entraron fue la del Sr. Aurelio. Se
calentaron un rato en la cocina porque el frío empezaba a hacer mella. De ahí
fueron a la casa de la Sra. Daría. Ellos sabían que ahí habría algún dulce de
esos que ella compraba por navidad. Ese año era como un rosco con fruta escarchada.
Al bajar tocaron la puerta de Manolo, O Bispo, pasaron,
hicieron la función y repitieron el gesto de guardar lo recaudado. Les faltaban
las casas de la Sra. Flora, del Sr. José Antonio que se le conocía como el As,
el Sr. Antonio o da Feira y, antes de irse hacia la Laxa, fueron a la casa del
Sr. Emilio (Biolas) que era el que tenía los bueyes en el pueblo. Después de
este periplo y, de entrar y salir de las cocinas, parecía que tenían menos
frío.
Camino de la Laxa, como era costumbre, hicieron el primer
recuento y se animaron. Este año estaban recaudando más y eso les terminó de
quitar el frío que se les empezaba a calar en aquellas ropas poco adecuadas.
Al llegar a la Laxa, estaba la casa de Inocente, Adundina y
la del Sr. Manuel Janeiro. Nadie negaba los cantos a los niños. Era de las
pocas tradiciones que todos estaban unidos. Subieron por la calle que sube al
Petouto y pararon en la Casa de la Sra. Concha de Lois. Les gustaba ir porque a
ellos les daba buenas propinas. Enfrente estaba la casa de las Marcialas.
Parecía a oscuras pero se dieron cuenta que estaban en la cocina de Lareira y
entraron. Se repetían los cánticos como en los anteriores. Al salir siempre se
daban las gracias y las buenas noches.
De pronto empezó a ladrar un perro grande. No sabían si era
de la Sra. Alejandrina o de la Sra. Elvira. Llamaron a la primera casa y el
perro dejó de atacar. Al salir de ambas casas se fueron a Antasportas. Sólo
había dos casas, la del Sr. Felisindo y La de señora Matilde. Cantaron más
rápido de lo normal porque el tiempo se iba agotando.
Ahora había que deshacer el camino y volver hacia el Petouto
de Abajo. Había una casa que iluminaba
más. Tenía siempre la luz encendida. Era la casa de la Señora Asunción y que
ese año también estaba la Sra. Nélida. Esa era una parada obligada en el andar
de la noche. Era la única zona del
pueblo que siempre había una farola encendida. Era el sitio, debajo de un
palleiro, para recontar o planificar las andanzas del día.
Al lado visitaron la casa de las Porteiras. Esa noche nos
recibieron en la cocina de abajo. Se le conocía por el Hotel Fariñas. El hijo de Rosa se casó con una hija del
Tarabelo. La combinación era un tarabelo para una porteira.
Casi enfrente estaba la casa del Tío Gaiteiro. Le visitaron
y les contaba anécdotas de sus hijos emigrados. Cantaron en la casa del barbero
del pueblo, Sr. Florentino. Ya que estaban en el Alcouce visitaron la casa de
la Sra. María (A Trola), de la señora Nemesia y de la curandera del pueblo.
Tenía el apodo de La Fulipa pero su nombre era Concepción. A la casa del Sr.
Requinto no fueron porque apenas lo conocían y nunca salía de su casa. En lugar
de tomar el camino hacia las costiñas, y terminar el recorrido de las casas que
le quedaban, decidieron ir a Calderón y cantar en las dos casas habitadas. La
señora Concha nos mandó subir y vimos al Tío Constantino calentándose. En la
otra casa vivía una madre e hija. La hija tenía una pequeña discapacidad y se
llamaba Carmen.
Subiendo la cuesta y camino hacia el petouto de Arriba
quedaba la casa de la Señora Pura. Esa noche no se encontraba, estaba en casa
de los que tenían el bar. Se metieron por el callejón que da a la calle que uno
los dos Petoutos y subieron a la casa del Zapatero (Constantino). Se dieron
cuenta que les quedaba por entrar a la casa de dos hermanas que quedaban
enfrente y bajar a la casa de Leopoldo , que tocaba el clarinete en una banda,
y a la casa del señor Evencio cuyos hijos andaban también disfrutando de la
actividad por el pueblo.
En eso Roque dice que, antes de volver al Petouto de Arriba,
conocida como la plaza del pueblo y donde se solían montar las fiestas, habría
que visitar las casas que se habían dejado atrás al no subir desde las Costiñas
hasta el Petouto de Abajo. Bajaron con cuidado
la cuesta que, a esas alturas, la helada ya brillaba en las piedras y la
visión, a pesar de la luna llena, era bastante reducida. Una caída en aquellas
piedras te dejaría el cuerpo molido para unos días.
Así fueron a la casa de Juan, conocido como O Ferreiro. Se
rieron un momento con alguna anécdota. Casi enfrente estaba la casa de su
hermana y del Sr. Adolfo. Cuando salían del patio miraron la zona de los
hórreos y, en esta época, no se podían poner a tratar de dar con un palo a los
murciélagos como hacían de jugarreta algunos veranos.
La luz en casa del Maestro estaba encendida. Tocaron y
entraron. Les recibió Adelina. Les mandó pasar e inmediatamente se pusieron a
cantar su repertorio. Les dejaron la luz encendida y llegaron con facilidad a
la casa de la Sra. Encarnación. Después de despedirse de ella, enfilaron el
camino que acababan de recorrer en sentido contrario. Se fueron hasta el Bar de
José que quedaba en el centro del pueblo. Había hombres jugando a las cartas.
El dueño del bar le pidió que cantaran para todos y la gente cooperó. Les había
valido la pena. Al salir del bar visitaron la casa contigua de la Señora Elvira
y su hermana Encarnación.
Cuando salieron a la plaza vieron al Sr. Antonio que vivía
sólo. Había enviudado y sus hijos estaban en Méjico. Les invitó a subir y
departieron un rato. Al bajar, vieron la luz encendida de la casa del sr. José,
conocido por O Ganvela. Entraron en el callejón y les comentó que su nieto
también andaba en la juerga.
Antes de subir hacia la iglesia, decidieron tomar el camino
de los Tombelos y, de esta forma, rodearían menos. Fueron a casa dela señora Encarnación
y, al salir, recordaron que a su hijo se le apodaba Soria. Había más casas, en
una vivían unas señoras pero estaba todo apagado. En otra entraron. Era la casa de Argimiro. Este
les contó un par de chistes al finalizar. El resto de las casas aquel año
estaban deshabitadas.
Tomaron un atajo que lleva de los Tombelos hacia la iglesia.
Subieron a la casa donde estaba la carnicería y estaba la señora Pepita. Al
salir, subieron la cuesta y visitamos al padre de ésta, el señor Ramón.
Decidieron no tocar en la puerta de la casa del cura, porque
seguramente Don Manuel y doña Pura ya estarían durmiendo.
Subieron a la casa de los Maceda y se calentaron un poco en
aquella cocina. Se encontraba con ellos la atadora, la Señora Salomé. Era todo un personaje que todo el mundo
respetaba y quería. Se dedicaba a arreglar huesos y luxaciones cuando los
habitantes del pueblo sufrían un percance. Hemos de recordar que con muy buenos
resultados.
Al salir estaba saliendo de alimentar a sus animales el Sr.
Alfredo, conocido por o Calderillas. Subieron a la primera parte y, después de
cantarles los villancicos, les echó unos cuentos y se fueron riendo. Era un
señor con mucha chispa.
Al lado vivían dos hermanas, Pura y Concha. Tenían el apodo
de las Xustas. Una de ellas no escuchaba bien, pero les recibieron como
siempre.
Merodeaban por allí a esas alturas muchos perros ladrando.
Seguramente el lobo o el raposo no andarían lejos. Pasaron a cantar a casa la
señora Dolores. Había que entrar por un quinteiro largo y estrecho. Les dijo
que se taparan que el frío los iba a congelar.
Desde allí divisaron a la señora Elisa que había bajado a
por leña para su cocina y los mandó subir. Estaba el señor David
calentándose y les ofreció algo
caliente.
Enfrente estaba la casa de la señora Remedios y, después de
sortear el perro que andaba suelto, subieron a dar el pequeño concierto.
Enfrente estaba la casa de Alfonso, que se le conocía como la del Tío Amancio, pero ese año no estaban.
Se fueron a las últimas casas de la cima del pueblo: la del
Sr. Amador Des y la de Darío, conocido como O Ganvela. Este último era un
tratante de animales. Cuando a la casa de cualquiera llegaba un queso y era de
buena calidad siempre se decía que “Este queso es como el que le traen al
Ganvela”.
Desde ahí se veía el primer cruceiro que era donde llegaban
las procesiones desde la iglesia. Tomaron el camino que los llevó hasta
Cardieiro. Allí había varias casas pero sólo encontraron con gente la del Sr.
José, llamado o Torneiro, y la del sr. Antonio de Cardiero.
Decidieron ir a la Besada por el camino más corto. Bajaron
por el camino que llevaba a la fuente del Tornadoiro y la Sugueira. Y, antes de
dirigirse a la Besada, se enfilaron a la Congostra y visitaron las tres casas
que se habían dejado: la conocida como casa do Lemos, la casa de Elisa y la casa de José o Janeiro.
Empezaba a nevar de nuevo y se resguardaron debajo de una
casa media derruida e hicieron cuentas de lo que llevaban recolectado. El año
estaba siendo gratificante. Con nuevos ánimos y bríos empezaron a correr hasta
llegar a la Besada.
Pasaron algunas casas que no estaban habitadas. Llegaron a
la del Tío Mineiro pero no se escuchaba nada. Si estuviera, seguro que estaría
silbando. Sí que estaban Jovito y
Dolores. Se rieron un rato con las ocurrencias del señor. A zapateira tenía la
luz apagada. Seguro que estaba de visita en alguna casa. Caminaron y entraron
en la Casa de Antonio Pedreira. Empezaron a escuchar que el viento empezaba a
levantarse. Se despidieron rápidamente y fueron a la casa de Sr. Manuel,
conocido por el Lemos. Subieron por un lateral de la carballeira del campo y
fueron a casa de señor Antonio, cuyo mote era EL Grande. Ya sólo les quedaba
por visitar la casa de José O Chinto. Así
lo hicieron.
Al finalizar el periplo por el campo de la feria, se
dirigieron hacia la carretera general que une Brués con Beariz. Antes de llegar
entraron en casa del Sr. Manuel que había venido de Méjico y al que apodaban el
Maranguelo. La casa contigua que era del Sr. Víctor estaba cerrada ya que
estaban en Venezuela.
Ahora sí que se encontraban en el lugar denominado la Paja
de la Albarda. En esa zona estaba la caja de ahorros, el aserradero, la tienda
de Blandina, el comercio de los Fanchós y vivían muchos familiares de estos
últimos.
Por ello empezaron por la última casa, camino de la Fontiña,
donde vivía una madre y una hija que le llamaban Hermelinda. Entraron en la
casa de Nélida, la de su cuñada Blandina y cruzaron la calle para cantar los
villancicos al Sr. Francisco, denominado O manso, que era el dueño del
aserradero.
Encima de la Caja de Ahorros no estaba nadie. Era la casa
propiedad del Meco, pero vivían en ella el guardabosques Don Antonio y su
familia, pero esa época se habían ido a visitar a su gente en su lugar de
origen. Por eso bajaron hasta el comercio de Felisindo Carballeda. Allí estaba
un bar, un ultramarinos, materiales de construcción y, sobre todo, la sala de
fiestas que en capítulos posteriores hablaremos. Le cantaron y se fueron a
visitar al hermano de la dueña (Jesusa) que se llamaba Antonino. En el verano
tenía una parra muy frondosa pero esa noche hacía frío en esa parte del pueblo.
Les calaba los huesos.
Ese año estaba el Sr. Pedreira y la Sr. Carmen. Habían
venido de Méjico y nos recibieron. Al bajar, después de tanto recorrido, sólo
nos quedaba la casa de la señora Concha, cuyo marido estaba en Panamá y se
llamaba Manuel O Torneiro.
Se escuchaba al fondo, por el medio del pueblo, las mozas y
mozos cantando. Ellos iban mejor pertrechados. Incluso los que estudiaban en
Santiago sabían tocar instrumentos y andaban con alguna guitarra y otros
enseres que hacían, más que música, ruido.
El grupo decidió ir al Petouto. Era donde había mayor
visibilidad y, de esta forma, repartir el aguinaldo que se habían ganado después de recorrer casa a casa
y superando las inclemencias meteorológicas. Bajo la farola encendida frente a
la casa de la señora Asunción.
Después de dividirse el botín, Roque se fue satisfecho para
casa. Él no había tenido reyes. Dejó los zapatos pero sólo se mojaron. No le
dejaron regalos como a los hijos de los padres que habían emigrado. Pero sabía
que, en unos días, con el dinero recolectado se daría un pequeño gusto. Se
compraría un camión de juguete y, el resto del dinero, como era costumbre en la
casa se le daba a su madre para que pudiera comprarle ropa o zapatos que buena
falta le hacían.
Al día siguiente había que ir a misa como era perceptivo. Se
cantaba entre todos un villancico y, finalizada la misma, íbamos a las diversas
tiendas a comprar chuches con el dinero recolectado. Mientras los mozos, con
muchas viandas y bebidas, se encaminaban a detrás de la costa a disfrutar de
una comida campestre con todo el material recolectado y con las compras de las
pesetas que habían recaudado. Para cualquier mozo o moza era uno de los
momentos más importantes de todo el año.
En mi pueblo, en muchas ocasiones no pasaron los reyes
magos, pero pasaron gente maja que dejó el cariño, la bondad y el ejemplo para
que pudiéramos disfrutar de la ilusión de los niños en la noche de la fantasía.
Nota adicional: seguramente faltarán personajes y casas que
mi débil memoria habrá olvidado. Si alguien considera que alguno de los
personajes reales ha sido tratado con poca delicadeza no tendré inconveniente
en mejorarlo o eliminar ese pasaje. No quiero ofender a nadie. Quiero brindar
un homenaje a todas las gentes de mi pueblo, desde el más humilde al más rico,
con el cariño que los recuerdo a todos. Con esta narración quise recorrer y que
todos se imaginen caminando por él hace 40 años.
Valencia, 23 de abril de 2014
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